Las opiniones económicas de Vargas Llosa

El excelente escritor peruano, publica hoy un artículo en El País sobre la crisis económica. El excelente escritor cada vez se asemeja más a esos tertulianos que frecuentan los programas de televisión y los estudios de radio. Lo mismo opinan sobre la crisis internacional, sobre política geoestratégica, sobre diversos casos judiciales, o sobre política educativa. Aunque hay que reconocer que el excelente escritor lo hace con mejor prosa.

Y como hice hace un par de semanas con sus opiniones políticas sobre la situación en América Latina, hoy me voy a permitir hacer unos comentarios sobre sus opinines económicas. Igual le tomo el gusto a la cosa y me convierto en un opinador sobre las opiniones del excelente escritor.

Se pregunta el excelente escritor, como tantos otros, “¿cómo es posible que se haya llegado a estos extremos críticos sin que nadie lo advirtiera?“. Y me temo que voy a tener que contradecirle. Hay gente que hace mucho tiempo que viene escribiendo sobre las causas que han provocado esta crisis. Hace mucho tiempo que se viene escribiendo sobre los desmanes de la globalización, sobre el casino en el que se ha convertido la economía financiera internacional, sobre los riesgos de basar la economía en la construcción, sobre las alegrías de las entidades financieras a la hora de conceder créditos. Cosa distinta es que el excelente escritor no tenga simpatía por los que escriben esas cosas, no lea lo que escriben, o sus opiniones no le parezcan dignas de su atención. O lo que sería peor, que no le preocupen en absoluto todas esas cosas de las que se viene escribiendo desde hace tiempo, mientras que los únicos que sufren sus efectos son indios/as, campesinos/as, trabajadores/as, inmigrantes/as y otras gentes de esa ralea.

Dice luego el excelente escritor, como tantos otros, que “la burbuja inmobiliaria (…) iniciada en Estados Unidos, se extendió luego a otros países occidentales“. He oido repetir mil veces, en los últimos meses que el origen de la crisis está en las famosas hipotecas subprime que solo existían en Estados Unidos. La principal característica de estas hipotecas subprime es tener un nivel de riesgo de impago superior a la media del resto de créditos. Y de nuevo me temo que voy a tener que contradecirle. Porque son varias las ocasiones en las que he oído decir a trabajadores del sector bancario eso de que “en España, durante unos años, se han concedido hipotecas con mucha alegría“. Para mi, que no soy experto en economía, lo de “con mucha alegría” viene a significar lo mismo que a un nivel de riesgo de impago superior a la media. El hecho es que empiezan a ser muchas las familias en España (comenzando por las familias inmigrantes cuyos ingresos dependían del sector de la construcción) que están teniendo problemas serios para poder afrontar sus hipotecas (por cierto, recomiendo la lectura del artículo “Quiebra financiera de las familias españolas”, escrito por Carlos Martín Urriza y Miguel Ángel García Díaz, economistas del Gabinete Técnico Confederal de Comisiones Obreras, del que tuve conocimiento vía Im-Pulso).

Opina el excelente escritor, como tantos otros, que al mantenerse las tasas de interés “equivocadamente muy bajas, hubo un gran incentivo para la adquisición de viviendas, y bancos y financieras concedieron créditos e hipotecas que pusieron pisos y casas al alcance de cualquiera, estuviera o no en condiciones de cumplir con los compromisos de deuda que asumía“. He aquí el quiz de la cuestión. ¡¡Qué es eso de poner pisos y casas al alcance de cualquiera!! ¡¡Si hasta los negros de Alabama podían comprarse una casa!!

Efectivamente, ahí radica el problema. En que el capitalismo (el que excelente escritor vaticina que no va a desaparecer) ha convertido hasta las necesidades básicas como la vivienda, la educación o la salud, en mercancías que se rigen por la mano invisible del mercado. En manos de un mercado controlado por esos que, hasta el escelente escritor considera “irresponsables ejecutivos azuzados por la avaricia”.

El problema es que esos ejecutivos probablemente acaben siendo “irresponsables”, porque nadie les va a exigir responsabilidades por los efectos de esta crisis, ni la crisis en la que desde hace décadas viven las familias que en todo el mundo no tienen acceso a la vivienda, la salud o la educación con la que esos ejecutivos mercadean.

Vaticina el excelente escritor, como tantos otros, que “el sistema capitalista no va a desaparecer, desde luego, porque, aunque les duela a los nostálgicos de las economías estatizadas y su inevitable corolario -la dictadura totalitaria-, no hay alternativa alguna para reemplazarlo“. Yo que no me considero un nostálgico de las economías estatalizadas, ni de su inevitable cororalario, lamento profundamente que el excelente escritor que tiene esa poderosa creatividad para inventar personajes y contar historias, no sea capaz de ponerla, esa creatividad, al servicio de inventar nuevas alternativas que vayan más allá de las economías estatalizadas y de el capitalismo furibundo y su inevitable corolario -la miseria en el mundo-. Tal vez si lo hiciera, viviría de una forma menos acomodada que escribiendo columnas en El País. Pero sin duda le haría un gran servicio a la humanidad.

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